
“Nuestro planeta tiene la capacidad de
alimentar a todos sus pobladores, más
no para satisfacer ambiciones desmedidas”.
Mahatma Gandhi
Esta es la forma poética y entrañable en que los nativos peruanos del Amazonas se refieren a nuestra Madre Tierra, quien es un ser vivo, el cual forma parte de un modesto sistema planetario, presidido por el Sol (el Taita Inti, de los quechuas).
Apenas hace unos 500 ó 600 años, la arrogancia y terca ignorancia del mundo occidental ubicaba a la Tierra como el centro del Universo, mientras que algunos pueblos indígenas conocían con enorme precisión el movimiento solar y lunar, y construían desde hace siglos asombrosas pirámides alineadas y perfectamente sintónicas con los movimientos astrales.
Poco a poco la consciencia de la insignificancia de la Tierra dentro del inconmensurable Universo, ha ido abriendo pequeños espacios de humildad en las sociedades avanzadas y ”modernas” que van obligando a desarrollar nuevas formas de relacionarnos con éste pequeño planeta azul, que nos ha tocado habitar. En cambio muchos pueblos han mantenido sus formas de vida respetando los entornos naturales en donde habitan, e inclusive han levantado sus voces para denunciar el abuso, que “en aras del progreso”, gobiernos y empresas inconscientes hacen al sobre explotar los mantos acuíferos, lanzar toneladas de veneno al aire, destruir selvas, manglares y bosques.
La cada vez mayor fuerza de los ajustes que nuestra Madre Tierra realiza cotidianamente, también han colaborado a construir la incipiente certeza de que debemos como especie, sociedad e individuos cambiar radical y profundamente nuestra perspectiva actual de parásitos dañinos, al abusar de los recursos naturales.
El temblor en Haití, el tsunami en el Japón, las inundaciones en Rio de Janeiro y las nevadas recientes en diversas partes del Mundo, son gritos de alarma que nos lanza nuestra Madre Tierra. Lo peor es que continuamos poco sensibles a sus manifestaciones, como el evidente cambio climático.
Las naciones más poderosas del Mundo (Estados Unidos y China), se niegan a firmar el Protocolo de Kioto y siguen sus industrias envenenando el aire con millones de toneladas de contaminantes. El Distrito Federal y su zona conurbada son claros ejemplos de cómo fabricamos desperdicios y basura, mucha de la cual no es biodegradable lo que significa que los nietos de nuestros nietos seguirán padeciéndola. Las aguas se contaminan, los bosques son arrasados. Como individuos carecemos de la consciencia necesaria para cuidar y administrar correctamente el agua, seguimos adquiriendo automóviles de seis o más cilindros, los cuales son altamente contaminantes. Pensamos que si ponemos la basura fuera de nuestra casa (o auto), estamos cumpliendo y pasamos el problema a otro. Así nuestras ciudades, carreteras y algunas playas son verdaderos chiqueros.
Mucho se habla y se seguirá hablando del 21 de diciembre del 2012. Más allá de las perspectivas catastrofistas y apocalípticas, me pregunto de ¿Qué magnitud tiene que ser la reacción del ser vivo que habitamos (nuestra Pacha Mamita) buscando auto sanarse, para que cambiemos nuestra enferma forma de vida?
Ante la contundencia de los hechos recientes, ésta pregunta me quita el sueño.