Ricardo Cantú

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Ricardo Cantú

Algunas consideraciones sobre el trabajo institucionalizado de asistencia a refugiados y desplazados

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El presente trabajo pretende abordar una serie de intuiciones, que la práctica de varios años en el trabajo con refugiados dentro de contextos institucionales y la experiencia más añeja en cuanto a tareas de desarrollo comunitario en México, me permiten vislumbrar. Tres son las principales ideas a desarrollar:

1) El mito de la objetividad en las ciencias sociales.

2) La institucionalización de la locura y la marginalidad, y

3) El objeto y sujeto de la ayuda institucional.

1) El mito de la objetividad en las ciencias sociales.- Parte del conocimiento occidental se ha sustentado en criterios de objetividad científica. Todos los desarrollos metodológicos pretenden que las conclusiones y resultados de los trabajos emprendidos bajo la tutela de diversos métodos, tengan índices de confiabilidad aceptables y rangos de error manejables. Sin duda alguna, estas condiciones han sido indispensables para sustentar el desarrollo tecnológico actual y es válido para diversas disciplinas y ciencias, que así lo ameritan. La psicología y sociología (y aún me atrevería a pensar en la antropología), han batallado para llenar los requisitos metodológicos y ser consideradas como ciencias a la altura de la física, la química o las matemáticas. Se argumenta que los fenómenos que aquellas estudian no pueden ser perfectamente medibles, aislables, repetibles. Así, los retos metodológicos que enfrentan no les han otorgado carta de naturalización entre las ciencias fundamentales o exactas. Se insiste en la subjetividad de las ciencias del hombre y las que versan sobre grupos humanos. Inclusive se mantiene una discusión prolongada referente a la categorización de “ciencia”. Lo importante para este ensayo reside en que la objetividad parte de un sujeto que estudia a un “objeto” en un campo que intenta ser lo más científico posible, para reproducir o eliminar en su caso, las variables o constantes que lo modifiquen.

Sin embargo, la realidad nos plantea una serie casi interminable de factores que intervienen en la compleja lucha por definir científicamente al hombre, sus redes de afecto y su contextualización. Cualquier esfuerzo implica la delimitación y reducción del fenómeno humano, si pretendemos abordarlo a partir de los criterios objetivos. Aún dentro de cada disciplina social (por ejemplo hacia el interior de la psicología), diversas escuelas o corrientes enfatizan la medición de conductas repetitivas por un lado o el fenómeno humano inmedible y único, por otro. Al enfrentar complejos fenómenos humanos, las metodologías se diseñan para cumplir con una serie de funciones mitigantes del monto creciente de angustia que se genera al contacto con lo humano. En cuanto a la psicología, la anterior afirmación parecería razonablemente aplicable. Baste detenernos un momento para revisar la variedad y cantidad de las cargas de orden afectivo que se manejan, por ejemplo, en una simple sesión de ayuda en cualquiera de las instituciones dedicadas al trabajo con refugiados o desplazados que nos ocupa. Los contenidos de dichas sesiones van desde las pérdidas más dramáticas, las situaciones de abuso humano más inexplicables, la parálisis existencial más absoluta, hasta llegar a la desorganización extrema en cuanto a la forma de vida actual. El trabajador social de éstas instituciones, que está en contacto constante con los asistidos, es depositario de un sinnúmero de afectos profundamente demandantes de atención y de energía. La ansiedad nos inunda y nos obliga a buscar explicaciones y respuestas teóricas para intentar entender los fenómenos -que debemos reconocer-, en muchos casos no tienen explicación ni salida. La búsqueda de respuestas a través del método es una forma de aliviar aunque sea de forma pasajera, la magnitud de los problemas, a los que nos enfrentamos cotidianamente trabajando con refugiados políticos.

Otro elemento importante a considerar, consiste en que las relaciones que se establecen entre refugiados y trabajadores de la salud, se dan entre individuos y dentro de un contexto institucional que las determina. Más adelante dedicaremos espacio a dicho entorno. Por ahora centremos nuestra atención en dos elemento humanos de dicha relación: el “objeto” y el “sujeto”. La mayoría de las metodologías propuestas para realizar trabajo social implican definir el rol del “sujeto” o el profesionista que deberá de mantener una razonable distancia del “objeto” (en este caso, el refugiado), para diferenciar sus problemas personales de los que pudieran ser vividos por el “objeto”. El “sujeto” deberá estar muy claro en cuanto a sus motivaciones y sus necesidades para que no influyan en las tareas de ayuda a refugiados; es decir,  percibir lo más claro posible los efectos transferenciales y contratransferenciales de la relación y mantener un encuadre organizador de sus funciones. Sin embargo objeto y sujeto llegan, con mayor facilidad que la deseada, a confundirse. La psicología le ha otorgado a este fenómeno el nombre de identificación masiva y afirma que cuando se presenta, las posibilidades de ayuda real para el objeto (el refugiado) son muy limitadas dado que el sujeto (el profesional) confundirá sus necesidades y sus afectos con las de quien pretende “ayudar” perdiendo claridad y capacidad de ayuda.  La postura que sustentamos en este ensayo es la humildad, propuesta por Freyre para sus procesos de alfabetización: reconocer que nadie aprende solo y que todos aprendemos de todos. Los procesos de ayuda a refugiados, parecerían ser campo demasiado fértil a la confusión y a la identificación masiva, que requeriría de una adecuada atención para reconocer que objeto y sujeto se confunden en el eterno proceso de obtener respuestas y acercarse a la salud.

2) La institucionalización de la locura.- Mucho se ha escrito en cuanto a la influencia que la sociedad ejerce sobre las instituciones: mayormente éstas son reflejo fiel de las sociedades en donde actúan. Por sólo mencionar un ejemplo, las instituciones educativas están sujetas al devenir de las fuerzas que ejercen su poder en los grupos sociales a las que pertenecen: son instrumentos de reproducción de los valores aceptados e introyectan las normas y  límites diseñados por los poderosos. Las instituciones son grandes espejos de la sociedad en la que están inmersas, definiendo los criterios de “salud” aceptables.

Desgraciadamente son muy pocas las instituciones que pueden mantener una libertad real de pensamiento y acción. Todas tienen espacios comprometidos de decisión con los mecanismos de poder. Así, las instituciones educativas se tornan en pequeños mundos que viven de igual forma que el contexto extra – universitario: existe corrupción, vandalismo, baja productividad, falta de compromiso, alienación, miedos, etc., o lo contrario: orden, disciplina, credibilidad, etc. Gerard Mendel en su Socio psicoanálisis, habla de la institucionalización, como un escalón deseable en el desarrollo del ser humano. Por su lado, José Cueli ha señalado que en México una parte importante de la marginalidad, es la inexistencia de vínculos más estables de quienes la viven, con las instituciones. Indica que cuando el habitante de los cinturones de miseria puede vincularse a una institución, deja de ser marginado. Los refugiados son por definición marginados –tanto en sus países de origen como en los países que los reciben-, y parte del esfuerzo que realiza el ACNUR y otros organismos es, institucionalizarlos. Dichas tareas, se realizan por medio de entes que son generados por la sociedad “sana” para atender a los expulsados por los grupos que detentan el poder y que se legitiman, definiéndose como los justos, los que mantienen el estado de derecho, en fin: los “buenos”.

Las sociedad que expulsan a los refugiados, se consideran con el derecho a castigar a los que no piensan como los poderosos que las lideran, a los que no se disciplinan a sus normas o valores, a los que –como afirma Valeriano Bonilla- “no se dejan cuadricular el espíritu y la mirada”. Éstos son los enfermos, los rebeldes, los incómodos a los que hay que mandar fuera de las fronteras o confinar en las cárceles, cuando no desaparecer. Éstos subversivos no son útiles a la sociedad “sana”, por que en muchos de los casos han iniciado procesos para tornarse en sujetos de su historia –para ponerlo de nueva cuenta en palabras de Freyre-, se han organizado, generado en no pocos casos, sus propias  instituciones y se han comprometido con la transformación de sus sociedades. Éstas personas se tornan peligrosas y son vividas con la capacidad de desequilibrar el orden establecido desde el poder.  La sociedad “sana” los recluye en espacios cuyo fin es “reintegrarlos” pretendiendo que sean manejables: Los envía a cárceles clandestinas, a casas de tortura o a reclusorios. Los declara indeseables, peligros sociales, “non gratos” y los comienza exilando en su propio país. Otros, los más, se disciplinan gracias al alcohol, las drogas, la televisión o la religión, sumándose en muchos casos a la marginalidad la cual es una forma moderna de exilio interno. A los marginados se les quita la capacidad de decidir, de comprometerse, de transformar su realidad social –son objetos, no sujetos de su historia-. Los espacios de miseria que forman nuestras urbes modernas, son también una forma de exilio, como ya se mencionó.

Hemos encontrado que cuando los ahora refugiados fueron expulsados de sus países de origen, pierden el espacio como principal organizador psicológico, sus redes de afecto, su cultura y tradiciones. La aventura del exilio se convierte en un enorme reproductor de todos los exilios anteriores: se les castiga con la expulsión y se les lanza a otra cárcel: la reclusión que significa el exilio fuera de sus países de origen. Así como los poderosos castigan, también salvan: crean instituciones para ayudarlos, para reintegrarlos, para sanarlos. Ahí están los hospitales para curar las heridas físicas, las iglesias para dar protección, las organizaciones humanitarias para asistirlos, los psicólogos y terapeutas para apoyarlos en la elaboración de sus pérdidas o de sus contactos con lo siniestro. Estas instituciones organizan la ayuda, que en el fondo es –en algunos casos- una forma de mitigar la culpa de los poderosos, o en el peor de los escenarios, la justificación de lo injustificable.

Se da por un hecho que los recursos propios de los expulsados son insuficientes para que, por ellos mismos se reintegren a la sociedad que los recibe en el exilio. Para reintegrarse se requiere de la bondad de los poderosos, que con una mano quitan y con la otra “dan”. Así, algunas de las instituciones de ayuda son la otra cara de la moneda de la que torturó, robó, aceleró o generó la pérdida, en fin, la que exiló. Bien lo afirma Valeriano Bonilla: “lo sagrado exilia y salva”. Quienes trabajamos con refugiados, lo hacemos en instituciones que “salvan”. Estos organismos son caldo de cultivo para la reproducción de las condiciones sociales que expulsaron a los refugiados: son formas de institucionalizar las contradicciones y la locura. Cabe señalar que estas contradicciones y esta locura “institucional”, es en muchas ocasiones, sintónicas a lo que viven cotidianamente quienes laboran en tareas de ayuda y apoyo a los refugiados. 

El Dr. Carlos E. Biro, hablando de quienes trabajan con marginados señala con mucha claridad, lo siguiente:  “En mi experiencia las personas que dedican su esfuerzo y tiempo a trabajar con marginados, pertenecen a una de dos categorías. En la primera están los que emprenden este género de trabajo por un tiempo corto y sus motivaciones van desde la búsqueda de una vivencia nueva, pasando por un intento de calmar su culpa social -por lo que ellos tienen y los otros no-, hasta la perversión que consiste en buscar emociones –incluyendo la excitación sexual- en la miseria y en lo sórdido, después de una vida vacía y afluente. En la segunda categoría están todos los trabajadores de comunidad que han mantenido esta línea de trabajo a través de muchos años y en ellos –o mejor debería decir, en nosotros- he encontrado un antecedente en común el cual es motivación para el compromiso con este tipo de trabajo: abandonos tempranos en la infancia vividos como traumáticos. Debo agregar que este antecedente es lo bueno y lo malo con lo que se cuenta para el trabajo: lo bueno es que solamente así se puede genuinamente empatizar con los abandonos; lo malo es que se corre el peligro de identificaciones masivas y así darle al otro no lo que necesita, sino lo que uno hubiera deseado en alguna época anterior. Más aún, hay que recordar que lo que no le gusta al ser humano de sí mismo tiene una tendencia a atribuírselo al prójimo. Freud, al hablar de las identificaciones proyectivas no hizo más que ponerle un nombre nuevo a lo que ya se había escrito hace más de 2 mil años acerca de las pajas en los ojos de los demás y las vigas en los propios”. 

Otro aspecto importante es la jerarquización que deberá hacerse en las tareas con refugiados. Retomemos algunos fragmentos escritos por el Dr. Carlos E. Biro, en el prólogo del libro “Diálogo con Comunidades Marginadas”: “En el trabajo de comunidad con frecuencia se encuentran situaciones en las cuales se tiene que sacrificar los intereses de un individuo o grupo, en aras de los de otros. En tales circunstancias sería conveniente que las jerarquías o prioridades que determinan tales acciones hubieran sido determinadas de antemano, en frío y no como exabruptos ante la crisis. Se propone que el respeto a los seres humanos que son los sujetos del trabajo, exige que sus intereses siempre ocupen la más alta prioridad, seguida en ese orden, por los intereses del grupo de trabajo, los intereses académicos del proyecto y, siempre al final y cediendo frente a todas las consideraciones, los intereses institucionales y administrativos. Además del contenido ético de esta reflexión, tiene uno de enfoque. Se puede considerar a la actividad que se lleva a cabo en el diálogo con el marginado como una finalidad en sí. Así, el educador puede pensar que su meta central es la alfabetización o el llevar a determinado número de personas a completar la primaria. El médico puede creer que lo más importante es que cure cierto número de diarreas infecciosas y de bronco neumonías por año. El actor puede pensar que lo más importante es hacer llegar su arte al máximo número de personas. Todas estas apreciaciones devalúan en cierta forma al ser humano como tal, al tiempo que llevan a producir programas inconexos o hasta contradictorios. Se puede pensar, al contrario que las actividades mencionadas y todas las educativas, de salud, artísticas y sociales o institucionales (…) son simplemente vías de acceso a la tarea principal y común de contribuir a formar individuos y comunidades capaces de satisfacer desde adentro un número creciente de sus necesidades y así elevar su calidad de vida”. Las consideraciones anteriores nos llevarían a la necesidad de definir el rol ético para el trabajador institucionalizado y de las organizaciones en donde labora, dado que la locura en estas actividades fácilmente se cuela; lo anterior con el fin de que se evite hacer un ejercicio poco ético e inclusive sádico de las tareas que desempeñan con los refugiados.   

3) El objeto y el sujeto de la asistencia social.- En el trabajo con refugiados y con marginados, nos hemos enfrentado sistemáticamente a la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las necesidades de los otros, que más fácilmente de lo deseado, son confundidas por los trabajadores sociales en el desempeño de sus tareas? Nuestra experiencia nos ha puesto frente a los siguientes datos:
 
a) Como ya lo señaló el Dr. Biro aparecerán los abandonos y pérdidas que se tornan en duelos patológicos. Estos antecedentes en el aparato perceptual del servidor social, serán sintónicos y por lo tanto susceptibles de ser afectados por los abandonos, perdidas y duelos patológicos de los refugiados. Éstos han perdido a seres queridos, en ocasiones su propia identidad, sus pertenencias, redes de afecto, su vinculación con organizaciones, su espacio vital; el sentido de vida y de lucha. Durante los años de trabajo en el ACNUR, nos hemos enfrentado cotidianamente al duelo patológico y a la melancolía… que repercuten en nuestros personales duelos, perdidas y abandonos.
 
b) Congelamiento de algunos afectos definitorios del ser humano.- Parte de la experiencia de los refugiados exige de la creación y reforzamiento de enormes corazas defensivas para poder enfrentar lo cotidiano, al enfrentar vivencias terriblemente confrontantes, que forman parte de su aventura política o civil, causantes del exilio. Por lo menos, existen dos afectos que usualmente están congelados en los refugiados y no necesariamente son correctamente identificados por quienes trabajamos con ellos. El primero es el enojo; los refugiados han sido sujetos de persecución, tortura, encarcelamiento, experiencias que han sido promovidas por poderosos omnipotentes. El sujeto de tortura, por ejemplo, ha tenido que  guardar y hacer a un lado su personalidad para poder soportar con vida, dichos trances. Pero esta conducta defensiva necesaria ante la tortura, se aprehenderá rápidamente y será reproducida en muchos contextos posteriormente. Afirmaba un compañero refugiado –el cual había sufrido tortura- “que le habían quitado su capacidad de enojarse”. El segundo afecto usualmente “congelado” se refieren a los de orden sexual. Ya sea por la pérdida del ser amado, por la disciplina de la organización política a la que pertenecieron, por los sedimentos de las agresiones de tortura -que las más de las veces tienen un alto contenido sexual-, o por lo amenazante que resulta la gran ciudad que les ofrece refugio, la sexualidad y su manejo se convierten en un tema, difícil de manejar y de expresar. A este aspecto habrá de sumarse la diferente significación social que tienen para cada grupo humano el fenómeno sexual y sus correlaciones y efectos psicológicos. Baste mencionar la problemática de la mujer sola con hijos y sin pareja en el exilio… máxime si dicha pareja está desaparecida, muerta o encarcelada.
 
De nueva cuenta, el trabajador social, verá afectada su tarea por el contacto con los aspectos arriba descritos, los cuales aparentemente están “congelados”, pero que en la realidad brincan buscando su organización y respuesta. Piense por momentos en qué es lo que sucede cuando por alguna coincidencia, el trabajador social vive dificultades personales en éstos ámbitos.
 
c) Desorganizaciones psicológicas: regresiones.- Parecería que las situaciones extremas que viven los refugiados facilitan de manera abrumante, la regresión en el sentido más clínico de la palabra. Pongamos por ejemplo, las observaciones realizadas por Ana Lamónaca en 1985, en el taller de niños del ACNUR, donde los pequeños muestran aparentes problemas de dislexia, cuando su madurez psicológica debería mostrar que estos problemas han sido superados. Otros ejemplos, igual de clarificantes pueden referirse a la pérdida del espacio personal –ya que muchos de los refugiados viven en condiciones de hacinamiento-, y de confianza básica –mostrada en las conductas paranóides de repulsa hacia los policías o soldados del país de exilio-. En este apartado podemos también hablar de algunos rasgos de la sublimación de la “compartimentación” que viven los refugiados que pertenecieron a organizaciones clandestinas, lo cual necesariamente requiere de una doble personalidad con rasgos esquizoides y la desarticulación con el mercado laboral, debida no solo a factores de orden jurídico y social, sino tambien a procesos de parálisis y sabotaje individual. Como ya hemos mencionado, muchas de estas manifestaciones son comunes a los habitantes de los cinturones de miseria, estudiados con detenimiento por Carlos E. Biro y José Cueli. Ellos añaden otro aspecto: los relativos a la incapacidad de compartir códigos de comunicación y simbologías socialmente aceptadas en sus lugares de exilio. Esta incapacidad regresa al refugiado a etapas de comunicación pre - verbal.
 
d) El contacto con lo siniestro.-  Dejamos hasta el final este punto, por considerarlo como una constante durante los últimos años. Parece ser que es una característica de los refugiados centroamericanos y conosureños que han solicitado asilo en México: han vivido experiencias que no pueden ser fácilmente integradas a la personalidad, por su magnitud y atrocidad. Algunas de estas vivencias son tan fuertes que se han llegado a considerar que pertenecen a ámbitos que son inelaborables por el ser humano. Pongamos por ejemplo la desesperada y obligadamente pasiva vivencia del lento proceso de desangrado –hasta la muerte- de algún amigo o compañero de lucha; o hablemos de algunos estilos de tortura. El listado puede ser interminable. Este contacto se dio en espacios donde la “locura se institucionaliza”: cárceles clandestinas, penitenciarías, etc., y ahora su actual proceso catártico dentro de Programa de Ayuda a Refugiados del ACNUR. Otro aspecto importante fueron las vivencias de los refugiados en el sismo de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, que los confrontó en forma masiva y emergente: “mejor me regreso… si de todas formas voy a morir”. Considero que estos elementos, y sin duda muchos más, están presentes en la relación de ayuda que ofrecen las instituciones a los refugiados. Así, el encuentro entre el servidor social y el beneficiario del servicio, se torna un campo de fuerzas tanto sociales, económicas y por supuesto, psicológicas. En el siguiente cuadro intento hacer una breve e incompleta relación de algunas de conductas correlacionadas que se dan en dicho campo de fuerzas: 
Servidor social: Beneficiario del Servicio:

- Capacidad empática por sus abandonos personales.

- Pérdidas no elaboradas, duelo y melancolía.

- Capacidad realmente limitada de ayudar al otro: mayores requerimientos vs. capacidad de ayuda.

- Necesidades abrumadoras de ayuda; coraje por las limitaciones institucionales.

- Culpa social: se tiene o se es algo que el beneficiario no tiene o no es.

- Rabia por las diferencias y las contradicciones personales e institucionales.

- Tentación –o necesidad- de crear vínculos de dependencia personal e institucional.

- Necesidad de depender de instituciones o de personas… cuestionadas.

Los anteriores son sólo algunos de los elementos que juegan en el campo de fuerzas cotidiano de las relaciones de ayuda que se dan en las instituciones de apoyo a refugiados. El problema más frecuente es la pérdida poco consciente del límite entre el servidor social y el refugiado, lo que facilita la identificación masiva e impide la verdadera ayuda.

Hemos encontrado los síntomas más frecuentes de dicha identificación masiva:

SOMATIZACIÓN.- Es conocido que como resultado de haber sufrido tortura, la víctima desarrolla una seria dificultad para diferenciar fácilmente, dónde comienzan los problemas de orden físico y los de orden psicológico.  Con mayor frecuencia de lo deseable observamos que en los trabajadores sociales se presentan cuadros de somatización muy similares a los que presentan los refugiados: insomnios, sueños amenazantes, gastritis, dermatitis, anorexia, etc.

NETZAHUALCOYOTIZARSE.- Este vocablo fue acuñado por José Cueli, para nombrar los fenómenos de repetición inconsciente que se dan en los trabajadores sociales que laboran en cinturones de miseria en el conurbado –a la Ciudad de México- Municipio de Netzahualcóyotl. El trabajador social absorbe en forma inconsciente un cúmulo de cargas afectivas que están en el ambiente –dolor, depresión, ansiedad, erotización, etc.-, y se los lleva a casa a reproducirlos con sus seres queridos. La rabia contenida, la desorganización, la pasividad y la violencia inexplicable, forman parte de esta diáspora de posibilidades de reproducción que el trabajador social tiene, cuando realiza sus tareas con personas que viven en procesos de seria desorganización psicológica y social. Los casos más graves de este fenómeno se presentan cuando los servidores sociales físicamente se llevan a los refugiados a sus casas. Las más de las veces, la experiencia termina en drama. El problema de fondo es la incapacidad interna de diferenciar.

DESORGANIZACIÓN LABORAL.- Punto aparte merecen los efectos que hemos observado, se presentan en algunas de las instituciones que laboran con refugiados y que consideramos tienen como origen el necesario e imprescindible contacto humano, el cual es en estos casos, demandante y agobiante. Las principales manifestaciones se presentan con un desgaste sistemático de la calidad del ambiente de trabajo en la institución que presta el apoyo a los refugiados.

Estos son otros síntomas: La desesperanza y la impotencia ante las enormes demandas de los solicitantes y las entendibles limitaciones institucionales, los ambientes de trabajo agresivos y en ocasiones irreconciliables, las depresiones por manifestaciones de apatía y de poca claridad en el compromiso; el activismo –el cual es un manejo maniático de otros afectos subyacentes como la depresión y el miedo- y el saboteo de las tareas institucionales.   

Es importante señalar que, como ya mencionamos, muchas de estas instituciones reproducen hacia el interior un sinnúmero de contradicciones sociales y serán muy eficientes para ser ineficientes: no existen normas internas, los espacios físicos individuales reproducen las características de hacinamiento de los refugiados, no se observa jerarquización de las prioridades institucionales, no existen políticas y procedimientos y de existir, no se respetan. Por ello, algunas de estas instituciones pueden catalogarse como “locas”. 

A manera de conclusión: Considero que la respuesta para enfrentar todos los procesos anteriores reside en la capacidad que tengan las instituciones para clarificar sistémicamente su actuación y aprender –mediante un lento y difícil proceso-, a diferenciar sus necesidades de las necesidades de los refugiados. Sólo conozco una forma y es la relativa al análisis constante de sus tareas cotidianas desde dos ángulos inseparables: el teórico y el afectivo, el cual es a mi juicio el más importante y al cual se le ha dado poca importancia por su falta de “objetividad”. 

 

Bibliografía de consulta y recomendada:

Biro, C.E. “No todos los pobres son iguales”, México, Editorial Diógenes, 1980. Biro, C.E.“Santiago, un cuento pedagógico”, México, Editorial Diógenes, 1983. Biro, C.E. y Cueli, J. “Los 10 mandamientos y el psicoanálisis”, México, Editorial Diógenes, 1981. Biro, C.E. y Cueli, J. “Psicocomunidad”, Nueva York, Pretince Hall, 1975. Bonilla, Daysi y Bonilla V. “Análisis Institucional” documento de trabajo presentado en el Seminario ACNUR-PARCA, México, agosto de 1986.  Cantú, R. “Las etapas psicosociales del desarrollo administrativo”, México, Editorial Diógenes, 1984. Cantú, R. y Burillo, M. “La consciencia como objetivo” informe presentado a la Contraloría de Banco del Atlántico, Diciembre de 1981. Cueli, J. “Dinámica del Marginado”, México, Editorial Alhambra, 1980. Cueli, J. Biro, C.E. y Lartigue Teresa “Tres comunidades en busca de su identidad”, México, Editorial Alhambra, 1980.  Cueli, J. Biro, C.E. y Lartigue Teresa “Diálogo con comunidades marginadas”, México, Editorial Alhambra, 1986. Lartigue, Teresa “Biopsicología Social”, México, Editorial Alhambra, 1980.   


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Este trabajo se presentó al Seminario ACNUR –Alto Comisionado de las Naciones Unidas para lo Refugiados- PARCA –Programa de Ayuda a Refugiados Centroamericanos, apoyado por la Universidad Iberoamericana- en la Ciudad de México en agosto de 1986. Parte de la experiencia del autor en labores de ayuda Psicológica a refugiados provenientes de países del Cono Sur y de la Cintura de América Latina.

Actualizado ( Domingo, 08 de Noviembre de 2009 01:27 )  

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