Ricardo Cantú

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La cárcel: estado dentro del Estado

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Primera de cuatro entregas.

Ricardo D. Cantú.

Mi informante sabe lo que dice: sobrevivió más de 750 días en uno de los Reclusorios ubicados en el Distrito Federal. Quiere olvidar el dolor, la incertidumbre, la sensación del estómago constantemente pegado a las paredes del abdomen; los olores, los ruidos nocturnos y el miedo abrumador que fueron constantes durante tantas y tantas noches. Habla y habla de sus experiencias. Intenta darles un orden y busca entenderlas, pero las más de las veces, se le llenan los ojos de lágrimas ante los infames recuerdos. 

En esta serie de 4 entregas abordaremos la visión de un profesional, que envuelto en una serie de imprecisiones, enfrenta un tortuoso juicio. Hombre de trabajo, orientado a la creación de comodidad y belleza, de repente se vio un viernes –el clásico “sabadazo”- sentado en la parte trasera de una patrulla conducida por judiciales, con las manos inmovilizadas por unas esposas ancladas al piso de la misma. En este viaje a lo desconocido fue también acompañado por el abogado de sus acusadores, seguramente por temor a que nuestro informante, mejorara el pago que aquel dio a los policías por la detención.

Nos platica de ese submundo con reglas propias que es la cárcel, de sus clases sociales, de la doble moral que reproduce y de su economía cautiva, para concluir reflexionando sobre los aprendizajes a nivel social y personal que intenta rescatar del naufragio. Por razones de seguridad personal, no hemos de revelar su nombre: en la cárcel aprendió a tenerle respeto a los violentos, prepotentes y poderosos.

Seguramente para la mayoría de los mexicanos, las cárceles forman parte de los capítulos negados de nuestra realidad social. No creemos que en los días de visita se formen largas colas con los familiares de los internos, quienes desde las 4 de la mañana tres veces a la semana, inician con enorme paciencia el ineficiente y corrupto proceso de registro para lograr visitar a sus seres queridos. Tampoco nos podemos imaginar que en un solo Reclusorio existan más de 10 mil internos, hacinados en instalaciones diseñadas para menos de la mitad de esta población.

Nuestro informante, después de cumplir con la rutina de ingreso –quitarse los zapatos, eliminar las corbatas y los cinturones, lo anterior, “por que muchos internos se suicidan”-, de que le robaran los calcetines y le recortaran a tijeretazos los pantalones, nuestro informante intenta acomodarse en una fría celda, la cual comparte con otros personajes. Algunos son viejos clientes de la cárcel. Esta es una de sus primeras sorpresas: hay reclusos reincidentes que prefieren vivir dentro de estas cuatro paredes, que enfrentar la vida allá, afuera.

Noche llena de fantasmas, ruidos y un helado sentimiento de impotencia y desvalidez. Así serían la mayoría de las 750 noches siguientes… pero él no lo sabía aún. La mañana del sábado tiene que cubrir el primer requisito: pasar lista. Junto con un grupo de recién ingresados se forma en un patio, hasta que escucha su nombre. Sus compañeros se cubren con cobijas y los novatos –grupo al que pertenece- asustados reciben órdenes que los dejan perplejos: “Busquen en los tambos de basura algún envase de refresco, córtenlo a la mitad para que reciban su primer rancho”: un guisado aguado y un bolillo, que comió con los dedos.

Días después –una vez que recibió atónito el auto de formal prisión-, nuestro informante llegó al COC – Centro de Orientación y Clasificación -. Edificio sucio, con celdas cubiertas por cobijas y cartones, y con una población formada en una parte importante por reclusos con facultades mentales limitadas. Los robos de tarjetas telefónicas, cobijas, cubetas, pastas de dientes y zapatos es cosa de todos los días. Los custodios protegen a reclusos de otras áreas para que realicen robos “express”. Otros “siembran” drogas entre los nuevos reclusos, buscando amedrentarlos y sacarles dinero para no consignarlos por posesión de drogas. Poco a poco se comienza a conocer las reglas no escritas, que mantienen el frágil equilibrio social de este inmundo lugar. Literalmente los reclusos en COC, se dedican durante todo el día a vagar. En ocasiones son citados para hacer algunos exámenes dudosamente psicométricos y con ansiedad esperan los días de visita, para acordarse de que son humanos y que –como el caso de nuestro informante-, es querido. Pero esta suerte no es compartida por la gran mayoría de los internos: un número importante de reclusos no recibe visita alguna.

Las noches se llenan de gritos de dolor, de rabia, cuando no de inspecciones o “rondines” sorpresa realizados por los custodios, que se dedican a recoger las televisiones y los radios, que ellos mismos rentan a los internos. Otras noches hacen uso de sus maravillosos perros para amedrentar a los internos, golpearlos y humillarlos.

Todo nuevo interno debe aceptar la novatada, la cual mínimamente consiste en hacer “patitos”. Esto es, caminar tomándose de los talones bajo una lluvia de insultos, golpes provenientes de los reclusos veteranos, al tiempo que repiten “Cuac, cuac, no vuelvo a robar”… ante la mirada complaciente de los custodios, siempre vestidos de negro, como guardias del SS de Hitler.

La principal ley es la del dinero. Quienes tienen abundantes recursos económicos pueden sufragar comodidades fuera del reglamento. La ley del más fuerte también impera como principio social vivido día a día. Sólo algunos pocos pueden generar espacios de cierto respeto entre los custodios y la población, a partir de su trabajo. Éste fue el caso de nuestro informante, quien se dedicó a impartir clases dentro del penal. Aprendió por ejemplo, a no ir solo a bañarse sino con un grupo de conocidos con el fin de protegerse y cuidar de sus escasas pertenencias. Otros menos afortunados, tienen que bañarse vestidos, para conservar su ropa.

Descifrar este “orden” social le costó algunos dolorosos incidentes. Sin embargo, entenderlos, le permitió enfrentar con cierta dignidad las largas horas de reclusión en este estado dentro del Estado.
Esta serie de cuatro entregas fue publicado en Columna Sur a partir del 30 de octubre de 2003.

Actualizado ( Domingo, 05 de Abril de 2009 15:17 )  

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