
“a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar”Joan Manuel Serrat
Para Vanesa por sus maravillosas fotos.
Resonaban los golpes secos de las lanzas sobre el piso de piedra, como siniestro preludio de la procesión del silencio. Las paredes de las serpenteantes callejuelas de la ciudad amurallada, estaban iluminadas por miles y miles de caracolas con aceite que le daban a la madrugada catalana, un aire de sombría expectación. El viento nos había llevado un jueves santo a Verges, en la comarca de Bajo Ampurdán. Estábamos pegados a la pared cuando vimos el contingente de soldados romanos acercarse con sus petos rojos y sus casos dorados de utilería, apabullando sistemáticamente esas piedras que tercas, han visto pasar siglos y siglos. Detrás los penitentes encadenados y con sus clásicos sombreros en forma de rombos y más atrás, la imagen doliente del Cristo sangrante, cargada por esforzados voluntarios, que año tras año se preparan durante meses, para representar la pasión del hijo de María.
Sobre una plataforma pasó el Cristo quien era golpeado por un soldado romano; como un fondo, la música de percusiones tocaba a duelo acompañando los arrastrados y acompasados pasos de los cargadores. Estos sonidos llenaron el respetuoso silencio de la multitud entre la que me encontraba; entonces observamos boquiabiertos varias figuras vestidas como calacas que bailaba con un reloj entre sus manos. No pude menos que emocionarme y recordar otras procesiones: la de Xilitla en plena Huasteca Potosina – por cierto, también nocturna - o la de Barcelona con su canto jondo. Vino también a mi mente aquella entrañable novela – leída en mi juventud -, de Nikos Kazantzakis “Cristo de nuevo crucificado”. En todos los casos penitentes, en todos los casos el Cristo doliente; en todos los casos el ambiente sombrío, lúgubre de miedo y terror.
Me imaginé al pequeño Serrat – y también a Antonio Machado -, mirando una noche de Semana Santa esta impactante procesión y tal vez entendí las razones que los llevaron a escribir la Saeta. Recordé la función sanadora, liberadora y bendita de ese himno juvenil que ayudó a construir mi fe personal, que por cierto, dista mucho de ser la fe de “mis mayores”.
Crecí en una Iglesia Presbiteriana. La Semana Santa era recordaba con diversos eventos, pero sin duda el viernes santo era un verdadero martirio. Se realizaba “el sermón de las siete palabras” el cual llegaba a durar 3 ó 4 horas. Para un niño inquieto, tanto tiempo sentado en un ambiente doloroso, era demasiado. Ahí, nunca vi Cristos crucificados, pero algo dentro de mí no terminaba de entender y aceptar todo lo que entonces escuchaba con temor y reverencia (palabra ésta útlima, que no me hacía sentido). Por ejemplo: la idea de que “Él murió por mis pecados, de que yo había nacido pecador, de que su sangre limpiaría todo lo malo en mí", etc., etc.
¿Por qué todo era culpa y dolor? Ese Dios de mis mayores no me decía nada…
Un buen día mi corazón encontró un rayo de luz al escuchar a Serrat, poniendo palabras a mis sentimientos infantiles y juveniles y quería buscar con él una escalera para bajar de la Cruz a ese Jesús y quedarme con "el que anduvo en la mar”. No podía ni quería quedarme con el Jesús crucificado.
Más adelante, entendí que por alguna razón, muchos nos hemos olvidado de escucharlo vivo: oir Su voz en el viento, en el río; nos hemos olvidado de verlo en los atardeceres o amaneceres maravillosos, de reconocerlo en las catedrales que la naturaleza nos regala. He visto su rostro en aquella noche inolvidable en plena selva del Amazonia, cuando Isabel mi hija, bailaba acompañada de los ícaros cantados por los sanadores quechuas. También lo he visto en los ojos inquietos de mi nieto y en los amorosos ojos de mi amada. Muchas palabras me han sido enviadas por Él cuando lo descubro en Whitman, en León Felipe, Gibrán o en Boff. Lo he sentido en la brisa a la orilla del océano o en las alturas cuando veo desde la ventanilla del avión, el camino sembrado de nubes o de estrellas.
Algunos me dirán que la mayor alegría de Semana Santa, es el domingo de resurrección. Puedo entender el milagro de muerte y renacimiento. Acepto que esa es la suprema ley: todo cambia, todo se transforma, todo muere y renace. Lo que no termina de hacerme sentido, es la necesidad de explotar el dolor, la culpa y el miedo como fundamento de muchas religiones.
Nuestros ancestros estaban en contacto constante con ese Dios que habla en el movimiento del aire y en el agua juguetona de la cascada, y no tenían que re-ligarse con esas imágenes de Cristos dolientes y muertos, por que nunca perdieron su contacto con lo supremo, con lo eterno, con el Dios vivo.
Por eso, hoy, amigo amiga que me regalas tu confianza al leer estas líneas, “pido una escalera para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno”… al Jesús de la Agonía, y te invito a que lo veas en la más sencilla flor y en la magnificencia de una noche estrellada. Ahora sé - como afirma Elizabeth Gilbert -, "Que no te vas a aproximar ni un centímetro a la divinidad, mientras te rindas - aunque sea un ápice - a la seducción de la culpa" y yo añado a la del temor y el miedo.








