
Ricardo D. Cantú
“(En Don Quijote), la realidad de su imaginación es más fuerte y puede más, que la realidad transitoria de los malos encantadores”.
León Felipe
Aldonza Lorenzo era una ventera. Esto es, una mujer que ganaba la vida ayudando en las labores más duras y pesadas de una hostería perdida en algún lugar de la Mancha. Lavaba platos, partía frutas y vegetales, atendía a los clientes y tal vez su amor era mercenario; sus manos estarían curtidas por el diario ajetreo y su vestimenta sucia y raída. Se afirma que olía a ajo y a cebolla y sin duda, su cabello adolecía de los cuidados mínimos.
No la hubiéramos conocido si no fuera por la mágica y divina locura de Don Quijote, y con él, la de su creador Don Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quijote vio en esa humilde mujer a toda una Dama, depositaria de sus esperanzas, sueños y quebrantos; el motor idílico de su valeroso batallar. Sus ojos y su consciencia organizaron al mundo a partir de su personal forma de mirar. Pero, ¿Qué es lo que sucede para que un hombre vea en una ventera a una Dama?, ¿Qué hace la “Cebollera” para ser toda una Señora, en la mente del despistado caballero andante?
He aquí algunas reflexiones sobre este tormentoso tema, que tantos y tantos dolores del alma ha generado a cuantos amantes hayamos perdido piso y por lo tanto, pasado por el trance agudo de creer que los molinos de viento son gigantes. Considero que estos pensamientos pueden ser elevados a la categoría de Derechos, los cuales podemos ejercer cuando de estar locos de remate se trata o, lo que es lo mismo, cuando permitimos que el mal entendido amor, nos invada.
1. El Derecho a que se nos caiga la baba por quien no merece ni recogerla.- Cuánto de idílico tiene eso que llamamos amor. Erick Fromm lo advertía: el amor profundo parte del conocimiento del otro y de uno mismo. Pero ¿En qué medida el enamoramiento responde más a nuestras necesidades – de compañía, de protección, de idealizar -, que a la realidad? Es la propia locura, la que hace crecer en nuestro corazón la imagen del ser amado. Entonces, tiene todas las virtudes: es la más inteligente, madura, bella, generosa, honesta, etc., etc., etc.
¿Para qué preocuparnos por indagar en la realidad? Las necesidades de nuestro Hidalgo, el sentirse querido, respaldado, esperado e importante para alguien, le hicieron armar en su mente la imagen fantástica de Aldonza hasta convertirla en la idílica Dulcinea que sólo era real en su mente y en su corazón. Por otro lado, ¿Qué tanta responsabilidad, si así podemos llamarla, tendría la ventera? Tal vez ella también quería por momentos huir de su sombría y torva realidad, y se considerada como una Dama, derecho inalienable de toda mujer.
De nuevo León Felipe nos ayudará en la definición de este “juego de prestidigitación sin truco ni trampa”: dirá que es un milagro. Sin embargo, los milagros a los que nos referimos – cambiar radicalmente en nuestra mente la realidad del otro, a partir de nuestras necesidades - pasan factura, tiempo más tiempo menos.
2. El Derecho a la Cebollita.- Partir una cebolla nos hace llorar. Existimos suficientes humanos que de alguna manera disfrutamos de tener motivos de más para deprimirnos, eso sí, a gusto. Parte irremediable del amor parecería ser el dolor y la tristeza. Las dificultades, los obstáculos, los adioses, en fin todo tipo de problemas, son grandes animadores de la flama del amor, situación que no termino de entender.
¿Qué hubiera sido de nuestra esbelta y solitaria figura si Aldonza le hubiera hecho caso y se hubieran arrejuntado por no decir unido en "sagrado" matrimonio, inclusive con la bendición del cura amigo de la familia de Don Quijano? ¿Qué hubiera sucedido si Aldonza, dejando a un lado el papel que el genial Manco de Lepanto le asignó, hubiese acompañado al valeroso e insensato caballero andante curándole las heridas, llamándole a la cordura por su forma poco común de pensar, su presencia desaliñada, su costumbre de convivir con arrieros creyéndolos importantes señores y por hablar en forma poco apropiada entre los humildes huéspedes del hostal? ¿Cree Usted que los hábitos de Aldonza habrían cambiado y el olor a ajo y cebolla habrían desaparecido junto con su eterno mal humor – el cual la haría insoportable en muchos momentos -, por el sólo hecho de vivir con Don Quijano? ¿Se puede pensar en la Lorenzo sin ir al médico cada quince días, sin migrañas, colitis o desarreglos menstruales?, ¿Se la puede imaginar sin que haga de sus pequeños y normales eventos, enredos y peleas cotidianas, noticias de ocho columnas? Por estar más cerca, ¿Don Quijano se rasuraría mejor, dejaría de soñar ingenuamente en un Mundo mejor y Aldonza sería congruente y sólo exigiría a los demás, lo que ella puede hacer y no solo decir? ¿Habría soportado la ex – ventera – ahora Señora de Quijano -, los achaques propios de la edad de su anciano maridito… incluyendo las inconveniencias de la próstata senil?
Mejor dejarlo así: él la idealiza, la construye a exacta imagen y semejanza de sus deseos, necesidades y temores, le otorga el mágico poder de resolver todos sus problemas; sufre por la ausencia de su amada, sublima su dolor en apasionadas líneas y recados que tal vez nunca llegarían a su destino –o tal vez, nunca serían atendidos ni entendidos-. Ella por su parte, tendrá el bote de basura – con peto y espaldar - necesario para depositar lo que no puede ver de oscuro en sí misma. A veces pienso que Don Quijote se salvó y a muy bajo precio: la trama de Cervantes lo alejó de Aldonza. Todo terminó en el dolor narcisista del enamorado despechado y no en drama griego.
3. El Derecho de no ver lo que es evidente, acto de amor que colinda con la más sublime estupidez.- Y es verdad: existen momentos en eso que aquí hemos llamado amor, cuando elegimos no ver o en serio, no podemos ver. Todos a nuestro alrededor se han agenciado espejos e intentan mostrarnos nuestra humana realidad. Pero la omnipotencia nos hace creernos y vernos, como héroes capaces de desfacer entuertos y hacer de una Cebollera a un ser cuasi – perfecto, aunque en ocasiones una vocecita interna nos diga que estamos equivocados.
Aquí no existe responsabilidad de Aldonza – ¿O Dulcinea? -. En este punto, quien elige la miopía, el astigmatismo o de plano la ceguera es el amante inflado de un poder tan real y al mismo tiempo tan irreal, que enamorado teje las lunas que iluminan la pobre y frugal convivencia con los pastores en la Sierra Morena, hasta convertirla en la más maravillosa cena que caballero alguno haya degustado. Transforma a Aldonza en Dulcinea, en el ser hecho exacto a la medida de su amor desvelado, a pesar de que todos le insistan que sólo, tan sólo es una Cebollera.
4. El Derecho a elegir ser atropellado.- Aldonza, mujer sin duda inteligente – inteligencia que en ocasiones intentaría cubrir sus inasistencias a Salamanca -, de no malos bigotes, recelosa con la vida, especialista en generar entuertos de la nada, berrinchuda, devaluadora y competitiva; desconfiada con el género masculino, incapaz de entregarse, manipuladora, mentirosa, controladora, dura y terca como mula, no habría perdido oportunidad para, en defensa propia o por incapacidad interna o de plano por su inmensa paranoia, subrayar a cada paso los múltiples defectos de un Hidalgo tan poco agraciado, torpe y fuera de la realidad. Con ironía, sin clase, con gritos aprendidos de los carretoneros, desconcertada ante el uso del lenguaje – ahora sí cervantino, poético y hasta cursi de un loco enamorado -, lo habría hostigado hasta el agotamiento bajo la justificación de “yo soy espontánea y directa”.
Si Don Quijote pretendía cambiar la realidad y la historia y por tanto, pagar el precio de tal insensatez, bien podría soportar un buen número de ofensas, desprecios y bajezas de la Cebollera, con el torpe afán de ganar su afecto; sin duda, otro gesto de la omnipotencia del dueño de Rocinante. Además, existe el derecho individual de aguantar todo el tiempo que sea necesario el atropellamiento, hasta que sea suficiente para nuestro reloj interno. Tardíamente aparecerá la descompuesta dignidad de Don Quijote, que sin duda expresada sin tino, será otro motivo de ofensa imperdonable para Aldonza.
5. El Derecho a vivir en la novela; el derecho a protagonizar y adoptar hasta el tatuaje los papeles que hemos elegido jugar, aunque:
a) Nos duela el sufrimiento que implica estar dentro de la trama – tercamente insistiendo en quedarnos ahí, en el azote - y en ocasiones busquemos representar sólo los momentos gratos, corramos de los episodios trágicos y nos aferremos al final feliz, lo que también dista mucho de la realidad, y
b) La cruda posterior que nos hará tardíamente, tomar consciencia de que “en el amoroso batallar, empeñamos el alma al mejor demonio” y que nuestra vida no es motivo de novela… ni quien se atreviera a escribirla.
Este Derecho permite a los protagonistas erigirse como salvadores del otro. Creemos entonces que gracias a nosotros el otro cambiará, máxime si sabemos esperar en medio de las tormentas. Así, todo lo que hacemos o dejamos de hacer por nuestra pareja, lo hacemos “por su bien”, otro juego narcisista y omnipotente de dolorosas consecuencias. Como saldo sólo nos quedará recoger los restos de verdad y de dignidad que sobrevivan, para ejercer nuestro último Derecho:
6. El Derecho a recomenzar y volverla a regar.- Si bien nos fue, para entonces estaremos con una clara sensación de despertar de un sueño que tuvo momentos de pesadilla y otros, imborrables y maravillosos episodios de amor. Veremos el camino recorrido y nos preguntaremos qué tanto valió la pena “salirnos por la tangente” y confundir los rebaños con ejércitos y a una Cebollera – déspota y engreída – con una Dama.
Nos cuestionaremos ¿Qué tanto lo vivido fue en realidad amor? Habrá entonces, que luchar para que no existan espacios para las culpas ni para las recriminaciones. Los dolores más grandes que nos quedarán como heredad son, por una parte la vacuna – en extremo efectiva - que nos hace inmunes a la gloriosa locura de eso que aquí hemos llamado amor… cuando menos por un tiempo. Por otro lado, el preguntarle al viento y a nosotros mismos, dónde quedaron esos momentos en los que de verdad creímos que Aldonza era Dulcinea y nos sentimos – la neta -, cabalgando sobre Rocinante en las hora mágica de los milagros, compartiendo sin armaduras las sinrazones del alma. Tal vez habremos aprendido a cuidarnos mejor, a ser más cautelosos; quizá habremos llenado los requisitos para ser llamados maduros y en el mejor de los casos, seamos realistas y veamos mejor. Sin duda, el ejercer los Derechos anteriores, nos llevará a la obligación de pagar uno de los más altos y confrontantes precios que hayamos de cubrir por la vida: el costo de nuestro narcisismo y nuestra omnipotencia. Aún este precio, tiene algo de maravilloso.
Pero, por momentos no podremos huir de la idea reiterada y terca de que al final de cuentas - y de cuentos -, Dulcinea era sólo una Cebollera, nosotros no éramos ni Don Quijote ni caballeros andantes y la realidad, no la generan “los malos encantadores”.
22 de julio de 1993.









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Natalia.
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