
Amalia García y Ricardo Cantú
Son las 5:30 horas de un buen día de Junio del 2006.
Nuestra hija menor, estará tomando carretera para mudarse, con su pareja, lejos del hogar: en meses no los veremos. Ella se suma a sus dos hermanos mayores: uno viviendo en Barcelona y la otra en los Ángeles. Es tiempo del nido vacío y de poner en orden algunos sentimientos.
“Qué va a ser de ti fuera de casa, Nena qué va a ser de ti…” , Juan M. Serrat.
Los ciclos se cumplen, y es nuestro privilegio o no, darles la bienvenida, aceptarlos y asumirlos. En este caso, tenemos la certeza de que los tres han crecido y que ya no nos necesitan. Sus alas son de tales dimensiones que ya no cabían entre estas cuatro paredes. El capullo hoy, es demasiado pequeño para el tamaño de sus sueños. No es fácil dejarlos ir, porque muchos miedos nos asechan al abrir el cuarto de la más pequeña y no encontrar la ropa tirada o llegar a casa y no ver la tarja de la cocina llena de los platos sin lavar del desayuno. Tampoco estará su sonrisa, ni su alegría. Lo que sucede es que ya no podía estar más aquí y ser ella misma ¿Qué va a ser de ella, fuera de casa? Lo mismo que ha sido de sus hermanos mayores: han florecido al ir tras sus sueños y al intentar ser ellos mismos.
"Reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo" , Luis Eduardo Auté.
También un día, ambos nos fuimos tras nuestros sueños: nos fuimos tal vez de forma inconsciente, tal vez empujados por la vida. Nuestros hijos han vivido de forma diferente el proceso: se han dado el permiso de soñar y de ser ellos mismos. Han elegido sus caminos sin tantos lastres o ataduras y en su momento, los tres, han corrido el riesgo de romper con las comodidades y la seguridad familiar, han puesto en una enorme maleta sus libros y discos entrañables; lo que han considerado necesario de sus pertenencias y con los ojos llorosos y mirando hacia dónde su corazón los ha llevado, han tomado carretera o se han subido a un avión, para irse lejos. Todos saben que no pueden ser ellos mismos si no se exploran sin nosotros. Saben que ser adulto es no aceptar ser mantenidos, saben que sus cuerpos y sus almas les pertenecen y sus hogares se formarán con diferentes materiales que el nuestro.
"Los hijos no son nuestros, son hijos del anhelo de la vida..." , Gibrán Jalil Gibrán
Sus sueños, pertenecen a la casa del mañana, como también afirma el poeta libanés. Dejarlos ir, es aceptar que sus vidas no nos pertenecen, que sólo somos instrumentos en las manos divinas y que nuestra tarea puede verse cumplida, precisamente porque ya no nos necesitan. Sin duda, algo hemos hecho bien, de tal suerte que se quieran ir para continuar creciendo a su propio ritmo, con sus propios recursos. La vida no se detiene, la vida busca sus caminos y sus irrepetibles manifestaciones. La vida fluye y no debe de estancarse. Detenerlos es cortarles las alas, impedir que los ciclos vitales cambien nuestras vidas, en consonancia con el Universo Todo. Mejor fluir con el viento, con el río, con la voluntad Superior. Para ello, tenemos que asegurarnos que no jugaremos ninguna trampa para retenerlos o para alargar el cordón umbilical miles de kilómetros. Es nuestra tarea asegurarnos que en verdad los hemos entregado a la vida, al anhelo de la vida… y que ellos también nos entregan en las amorosas manos de Dios. Soltarlos, es un acto de fe.
"Cuando se abre una flor, al olor de la flor, se le olvida la flor" , Juan M. Serrat.
Ya no somos botones de flor, como nuestros hijos que hoy se abren a la vida. Somos árboles que mal que bien, han dado sus frutos y que, en el mejor de los casos, estamos disponibles para algunos nidos. Estos nidos están abiertos, en nuestras ramas. No retienen a nadie, no obligan a nada. Son como puertos de abrigo en las tormentas, pero no son anclas ni jaulas. Nos estamos poniendo viejos, nos cansamos con mayor facilidad y lloramos al primer pretexto. Nuestra carne ya no esta firme y el otoño llega con sus canas traicioneras. Es tiempo de asumir que la juventud pasó y que ya no podemos ni debemos retenerla. Es hora de dejarla ir, es hora de asumir que hemos dejado de ser papás. Tal vez, si el Cielo lo quiere, en algún momento seamos bendecidos con ser abuelos, pero lo que es cierto es que el tiempo de crecer hacia fuera ha concluido y que ahora es el momento para crecer hacia adentro.
"Gracias a la vida que me ha dado tanto..." , Violeta Parra.
Crecer hacia adentro, pasa por el imbatible deseo interno de agradecer al Cielo por lo vivido. Reconocer que hace 30 ó 20 años, cuando Dios nos bendijo con nuestros hijos, no éramos ni con mucho, los mejores padres. Es más, no habíamos terminado de ser hijos, no habíamos aprendido a vivir, carecíamos de herramientas indispensables y nuestros bolsillos estaban vacíos… pero nuestra energía y entusiasmo así como nuestra incipiente fe, nos alcanzó para hacer las cosas lo mejor posible. No fuimos nosotros, fue “el anhelo de la vida”, quien nos fue enseñando, quien nos fue permitiendo ser nutricios e intentar ser mejores que nuestros propios padres. No sé si lo logramos del todo, pero ahí estuvo nuestro esfuerzo bien intencionado, en ocasiones acompañado de pésimas ejecuciones. Entonces, nos tiramos al vacío… y siempre caímos en las manos amorosas de Dios. Siempre existieron Ángeles que nos ayudaron a que nuestros hijos crecieran, siempre hubo comida en casa y siempre existieron los mecanismos y recursos para que tuvieran una educación académica suficiente. Inclusive, nos alcanzó para que nuestros hijos tomaran clases intensivas de atardeceres a la orilla del mar, o que conocieran la sinuosa belleza de nuestro país. Íbamos creciendo con ellos, cursando algunas asignaturas pendientes y en algunos casos, salieron ilesos (por gracia divina, no por nuestro escaso talento), de nuestros bandazos. En otras ocasiones, fueron receptores de nuestras malas o buenas decisiones y en otras tantas, generamos en sus corazones resentimientos y dolores por nuestras omisiones, actos o decisiones. Siempre hablamos con ellos la verdad, no ocultamos agendas. Sabíamos que la verdad nos y los haría libres. Sin embargo, al hacer hoy un corte de caja, sólo queda la gratitud en nuestros corazones: con la ayuda de Dios, dimos nuestra buena batalla y a pesar de nosotros y de nuestras limitaciones, ahora son adultos, caminan con sus propias convicciones y viven de sus propios recursos. Aprendieron a amar y saben ser amados. Integraron la felicidad como objetivo vital y saben defenderse con justicia, firmeza y serenidad. Son hombres y mujeres, buenos y productivos… ¡Qué más podemos pedirle a la vida!
"Ya es hora, ya, ya es hora..." , Ícaro de la Planta Maestra.
No podemos negar la tristeza: hoy el nido está vacío. Es tiempo de voltear el faro buscador hacia adentro y trabajar para cumplir las tareas que nos hemos impuesto y que son el fin de nuestra existencia. Es tiempo de que nuestros dones trabajen al servicio de otros, de los otros que nos buscan más con el deseo de encontrar un camino que con la certeza de que podamos apoyarlos. No es tiempo de bajar la guardia. Es tiempo de ir también nosotros tras nuestros sueños y de ayudar en la medida de nuestras posibilidades; de regresar a la vida parte de lo que nos ha regalado, de estar listos para disfrutar el otoño y el invierno que sin duda, llegarán. Es tiempo de ser abuelos: ya nuestros hijos han crecido y la responsabilidad directa ha concluido. Ahora, las tareas en el frente de batalla corresponden a quienes tienen más energía y brazos más fuertes. Nos toca estar en la retaguardia, poniendo a disposición de quien lo necesite, la experiencia ganada en los kilómetros recorridos. Es tiempo de tomarnos de la mano, de abrazar juntos los tiempos por venir y de ser testigos asombrados de “cómo la vida perdura”.








