Ricardo Cantú

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Pareja

Celita

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tango Ricardo D. Cantú

 

Los muchos años de terapeuta, me han permitido acercarme a una dolorosa realidad: muy pocas parejas  – y menos bajo la figura social del matrimonio -, tienen la capacidad de establecer relaciones en donde la felicidad generada y compartida, sea visible, evidente. Desgraciadamente, muchas de las historias que conozco, hablan principalmente de distancias, incomunicaciones, hastíos, engaños o de plano, de la muerte de los sueños en aras de una insatisfactoria sobrevivencia de la frágil relación. Las parejas continúan su trato en cumplimiento de mandatos sociales o parentales, pero lejos de la realización como individuos y con ello, de la felicidad. Cuando la existencia nos regala estar cerca de una pareja armónica, equilibrada y amorosa, nos reconciliamos con la vida y retomamos la esperanza en la humanidad toda.

Estas parejas – desgraciadamente las puedo contar con los dedos de una mano -, literalmente brillan. Tienen una luz propia que se nota en los ojos de los dos enamorados: su aura es clara y despide calor y energía sanadora.

Afortunadamente mi torpe opinión fue –como debe de ser -, valorada por Celita en poco e insistió en casarse con Eduardo. Dios me concedió la fortuna de mirar cómo el amor sana, cómo el amor hace que la vida florezca. Así, veía a Celita: sus ojos brillaban, retomó su deliciosa coquetería, se fundía con Eduardo en un solo ser cuando bailaban alguna pieza de tango, sus palabras estaban llenas de ilusión por ejemplo, al hablar de su nidito de amor en Pachuca. Quienes conocemos a Celita de años, podríamos afirmar ante Notario, que al fin la vida le había otorgado el don del amor que ella había ganado gracias a su amoroso batallar, a su capacidad de servir y de disfrutar la vida. Pero lo inesperado, sucedió: la muerte alcanza a Eduardo durante una fiesta.

Acababa de bailar con Celita; de hecho estaban platicando de las muertes súbitas de los deportistas… Al paso de los días y ante mi evidente incapacidad de encontrar la forma de estar más cerca del dolor de Celita y reconociendo que escribo más bien en defensa propia, trataré de hilar algunas intuiciones, con el enorme deseo de aliviar  - aunque sea un poquito -, el corazón destrozado de mi entrañable amiga:     

1). “Cuando el amor os llame, seguidlo, aunque…”.- Así reza Gibrán Jalil Gibrán y la certeza de su visión, hoy se me hace patente: “aunque… las espadas escondidas bajo sus alas puedan heriros”. Hoy las dagas han salido a relucir, hoy han cumplido su doloroso cometido, hoy nos están lastimando. Dios miró a Celita con ojos de misericordia y le dio el don del amor. En su momento, siguió a su corazón, vivió el amor, estrenó la vida cada mañana al lado de Eduardo; aprendió a danzar con las estrellas, a compartir una flor en cada cena, a disfrutar los ladrillos empleados para construir el refugio de amor, ahora vacío y falto de sentido. En ocasiones creemos que el amor es un recurso no renovable: pero si Dios es Amor y Dios es inconmensurable, no existe forma de que Dios y el Amor profundo acaben. El amor profundo es aquel que transforma, que revive, que hace caminar al Universo. Afirmo que el amor de Celita por Eduardo no se ha ido, no se ha extinguido con el hecho de que hoy, el querido Che, ya no disfrute en este plano de sus amados tangos. El Amor, Dios, sigue en Celita. Sigue iluminándolos cada mañana por que el amor no se ha ido con  Eduardo, se ha quedado entre nosotros con Celita. Eduardo continuará haciéndose presente a través de los ojos lindos y llenos de luz de Celita, por medio de sus amorosas palabras, de sus diminutivos sinceros y amables. Celita disfrutará de la música, del pensamiento inteligente, de la feliz sencillez de gozar una misa dominical, de ir de compras, de llenar de sentido cada paso, cada conversación.                                         

Cuando la vida nos enfrenta a la portentosa experiencia de la pérdida de un ser querido, la negación, el pacto, el enojo y el dolor se nos presentan como indeseables rufianes que vienen a romper con nuestra felicidad. No entendemos el por qué hemos sido depositarios de tanto dolor y nos preguntamos ¿por qué precisamente nosotros”? Nos queda – como afirma Alberto Cortéz - la dura tarea de “llenar el tiempo de cualquier manera”, tenemos que desandar caminos recorridos de la mano del ser querido y la vida nos replantea nuevas exigencias… las cuales en ocasiones, no tenemos fuerzas para enfrentarlas.

Sin embargo, Dios nos cierra una puerta y nos abre muchas más: redescubrimos la fe, la amistad y la solidaridad, las cuales también son formas de Amor. Al paso de los días y no sin un enorme esfuerzo de nuestra parte, comenzamos a recuperar nuestra herencia al integrar las partes buenas y malas que todo proceso humano conlleva y a encontrar los sacramentos de la vida.

2). Los sacramentos de la vida.- El lúcido teólogo brasileño Leonardo Boff, habla acerca de los sacramentos de Dios: “ellos revelan, recuerdan, indican, reenvía”. Nos invita a intentar hablar y escuchar el lenguaje sacramental: afirma que las cosas que forman nuestro mundo, hablan, tienen un espíritu propio. Son “como ríos subterráneos que alimentan las fuentes y mediante éstas, los ríos de la superficie. No los vemos (…) pero humanizan las relaciones (…) y detectan el significado oculto, en ellas inscrito”.

Boff nos habla del “Sacramento de la colilla de cigarro: En el fondo de la gaveta se esconde un pequeño tesoro. Un vidrio con una pequeña colilla de cigarro. De hoja y humo amarillento, como las que se suelen fumar en el Sur del Brasil. Hasta aquí nada nuevo. Sin embargo, esa insignificante colilla tiene una historia única: habla al corazón, posee un valor evocador de infinita nostalgia.

Era el día 11 de agosto de 1965. Munich, Alemania. Lo recuerdo bien: Allá afuera als casas aplaudían el sol vigoroso del verano europeo; flores multicolores estallaban en los parques y risueñas se asomaban a las ventanas. Eran las dos de la tarde. El cartero me trae la primera carta de la patria. Llega cargada de nostalgia acumulada por el camino recorrido. Rápidamente la abro. Todos escribieron. Parece casi un periódico. Se cierne un misterio: Cuando leas estas líneas ya debes estar en Munich. Aunque semejante a las otras cartas, ésta, sin embargo, es diferente a las demás. Te lleva un bello mensaje, una noticia que vista desde el ángulo de la fe, es una verdadera buena nueva. Dios nos exigió, hace unos días, un tributo de amor, de fe y de mucho agradecimiento. Descendió al seno de nuestra familia, nos miró uno a uno y escogió para sí al más perfecto, al más santo, al más maduro, al mejor de todos, al más cercano a Él: a nuestro querido papá. Querido, Dios no lo arrancó de entre nosotros, sino que lo dejó todavía más para nosotros. No arrancó a papá de la alegría de nuestras fiestas, sino que lo plantó más hondo en la memoria de todos nosotros. Dios no arrebató a papá de nuestra presencia, sino que lo hizo más presente. No se lo llevó, lo dejó. Papá no se ha ido, acaba de llegar. Papá no se fue, sino que vino para que fuese más papá todavía, para estar presente hoy y siempre, aquí en Brasil, con todos nosotros, contigo en Alemania, con nuestros hermanos en Lovaina y en Estados Unidos.

Y la carta proseguía con el testimonio de cada hermano, en el que la muerte, instaurada en el corazón de la vida de un hombre de 54 años, era celebrada como hermana y como fiesta de comunión que unía a la familia dispersa en tres países diferentes. En la turbulencia de las lágrimas brotaba una serenidad profunda. La fe ilumina y exorciza lo absurdo de la muerte. Al día siguiente, en el sobre que me anunciaba la muerte, percibí un signo de vida de quien nos diera la vida en todos los sentidos; un signo que me había pasado desapercibido: una colilla amarillenta de cigarro de hoja. Era el último que había fumado mi padre, momentos antes de que un infarto al miocardio lo liberara definitivamente de esta cansada existencia. La intuición profundamente femenina y sacramental de una hermana, la movió a poner esa colilla de cigarro en el sobre.

A partir de ese momento la colilla de cigarro, ya no es simplemente una colilla. Es un sacramento. Está vivo y habla de la vida. Acompaña la vida. Su color típico, su olor fuerte y lo quemado de su punta lo mantienen todavía encendido en nuestra vida. Por eso es de valor inestimable. Pertenece al corazón de la vida y a la vida del corazón. Recuerda y hace presente la figura del padre, que ahora al paso de los años ya se ha convertido en un arquetipo familiar y en un marco de referencia para los valores fundamentales de todos los hermanos. De su boca oímos, de su vida aprendimos: quien no vive para servir no sirve para vivir.  Esta fue la advertencia que pusimos para cada uno de nosotros en la lápida de su tumba”.

La muere como una hermana, la selección de Dios del mejor de todos, el más cercano a Él, la fiesta de comunión, la certeza de la presencia de nuestro ser querido más allá del tiempo y las circunstancias… y el o los sacramentos de vida que revelan, recuerdan, indican y reenvía. No tengo ninguna duda de que la vida de Celita está hoy llena de sacramentos vitales, de regalos inestimables que permiten que Eduardo esté presente. Celita lo va a encontrar en las sagradas cosas que construyó con ella. De repente lo verá en sus gestos, en sus frases, en sus pensamientos; la acompañará en sus sueños y su voz estará bendiciendo los años que juntos compartieron, agradeciendo sus sonrisas: bailará con Celita, susurrará amorosamente su nombre en las noches plenas de estrellas, la cuidará de todo mal, estará en sus rezos y en sus lágrimas. Pero sobre todo, estará presente en la certeza de que la vida no se acaba y que el Amor perdura. Confirmará que las mayores bendiciones, en ocasiones llegan rompiendo todos los cristales. Hoy Eduardo es la fuerza del Amor, de ese bendito amor que recuerda, revela, indica y reenvía. Hoy su Amor está más allá de todo entendimiento.

08.11.04.  
Actualizado ( Martes, 31 de Marzo de 2009 23:35 )  

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