Ese sábado un gran cardo
Se enterró en mi corazón.
¡Aquello no podía ser cierto!:
Que tu estuvieras ya yerto.
Fui preso de la sinrazón:
¿Eras tú mortal, Ricardo?
Mas tu segura voz: “¡Maestro!”
Tu mano tendida y franca,
Tu sonrisa cálida y amiga,
Me invitan que vaya, ¡que siga¡
Pues tú, ahora ‘desde la banca’
Sigues siendo el fiel y el diestro.
Allá por los años setenta,
Con los hippies psicodélicos,
Fuiste hongo que alucina
Y, como John, con ‘Imagina’’,
Nos volvimos anti bélicos:
‘Paz y amor’; sueños sin cuenta.
Con tus terapias y tu ‘gaviota’
Soliviantaste utopías
Contra moldes establecidos
Y sus espejismos fingidos;
Como el Quijote y sus vías
Que no cruza un mundo idiota.
Tu, el solidario y cercano,
Acompañando los procesos
De jóvenes y de adultos,
De pudientes y de incultos,
Empatizando con los lesos
Que te sintieron su hermano
Artífice del liderazgo,
Mas no del que se jacta el mundo.
Nunca seguiste la manada,
Ni fuiste por senda marcada.
Te volviste un trotamundos
Compartiéndonos tu hallazgo.
De las profundidades buzo,
Marino de los siete mares:
Evangelio y profecía,
Psicoanálisis, astrología…
En foros, templos, aulas, bares…
Brújula en un mar confuso.
¡Vete, pues sabio alquimista!
Tu transmutación magistral
Te eterniza en plenitud.
Bebiste la fuente de juventud
De Aquel que tomó el Santo grial.
¡Amoroso y dulce artista!
Rostro de hombre, alma de niño.
Hijo, hermano, padre, amigo…
Te nos diste íntegro, entero,
Iluminando el sendero;
Compartiéndonos tu trigo.
A ti nuestro amor y cariño.
Por eso te expreso mi rima,
Juglar, trovador, poeta…
Que llegaste en mi amanecer
Y me ayudaste a crecer;
Y a yo mismo hallar mi meta.
¡Rica, te expreso mi estima!
En la octava de la Pascua de Ricardo David Cantú Deras
David Esquivel








