Ricardo Cantú

  • Increase font size
  • Default font size
  • Decrease font size
Home Testimonios Nuestros pensamientos para Ricardo Ricardo Cantú. Por Darío Ibarra
Testimonios

Ricardo Cantú. Por Darío Ibarra

E-mail Imprimir PDF

Ricardo Cantú

Por Darío Ibarra

Te conocí en la Fundación Empresarial de Apoyo a la Juventud Mexicana. Al principio no entendía tu papel, pero, mientras negociaba con tu futura pareja, Amalia García, la posibilidad de recibir una beca, me parecías afable e inteligente: entendías lo que ocurría y no intervenías sino cuando era estrictamente necesario.

El tiempo pasó. La fundación me apoyó para iniciar mis estudios de licenciatura. Tiempo después supe que tú habías sido uno de los que habían apoyado mi caso ante Carlos Machorro. Posteriormente me fui a Nueva York a estudiar el doctorado. Antes de volver a mi país nuestros lazos empezaron a estrecharse. A través de Amalia supiste que complementaba mi ingreso cantando música mexicana en la Gran Manzana. Recuerdo que esto se lo transmitiste al Sr. Machorro y sus ojos se nublaron.

Volví a México. Trabajé en una gran empresa donde no estaba contento. Tuve una serie de desatinos que me llevaron a tu diván de psicoterapeuta. Hasta antes de ti tenía muy poco respeto por los de tu oficio, al fin y al cabo, ¿qué me podrían enseñar esos cabrones que no pudiera deducir por cuenta propia? Tu gran acierto fue formular las preguntas adecuadas. No sólo eso, también fue invitarme a tomar ciertos riesgos.

Las preguntas permanecen. Me doy cuenta que la respuesta es variable. No existe respuesta única para todo lugar y todo momento. En todo caso, lo importante es seguirse preguntando.

Tomé algunos riesgos. Tal vez sin tu intervención no los habría tomado. De algunos me arrepiento, de otros, un poco, pero del resto estoy convencido que es lo que tenía que hacer. La decisión, como siempre, la tomé yo. Asumo mis responsabilidades. Pero tal vez sin tu recomendación no habría tomado las decisiones que tomé, para bien o para mal. En todo caso, lo importante era no estar en un punto muerto.

Tanto en las preguntas como en las decisiones había un común denominador: el vivir. No morir en vida sino seguir viviendo. Vivir y disfrutar la vida, con sus luces y sus sombras, pero reconociendo que lo más importante es vivir.

Cuando dejamos la terapia y fortalecimos nuestros lazos afectivos te conocí mejor como persona. ¡Qué gran ser humano fuiste! Siempre de buen humor, siempre dispuesto a escuchar, en ocasiones con prisa, pero escuchabas. Transmitías una vitalidad digna de admiración.

Incluso en los momentos en que tuviste el problema de próstata te mostraste optimista. Recuerdo cierto rompimiento en tu armonía en uno de tus artículos, pero pronto lo superaste y volviste a ser el de antes.

Debo decir que no me gustó en lo más mínimo que decidieras irte. De hecho, en parte de mi duelo había un poco de coraje: ¡Cómo te atreviste a irte teniendo tanto que dar! ¡No tenías derecho! Sin embargo, al tiempo, sólo concluyo que fuiste una persona que nos llenó de luz y que se preocupaba por el prójimo. Por ello es que te fuiste para abrirnos camino. ¡Hasta en eso sigues siendo líder!

Eres una persona que dejó huella en mucha gente. Más de la que puedo imaginar. Lo que me resta es recordar la forma en que viviste, no en cómo te fuiste.